De recuerdos y maestros.

Guardo buenos recuerdos de mis maestros, por suerte. Aprendí a leer y a escribir cuando aún no había concluido el pre-escolar gracias a la paciencia y a la entrega de mi maestra Tomasa y luego, en todos mis cursos posteriores me sentí orgullosa de Zenaida, Irma, Margarita y de todos quienes me enseñaban los números y las letras, a trabajar en el huerto, a preparar actividades culturales, a declamar, a compartir, a cuidar la escuela. Esa escuela que a solo seis escalones de mi casa hoy todavía la miro y añoro transitar por sus pasillos, de los que no quería irme hasta después de las 4 y 30 de la tarde.

Y aprendí entonces que el maestro llevaba en sus hombros no solo la responsabilidad de compartir sus conocimientos con nosotros sino también ese arsenal imprescindible de dulzura y comprensión que deben llevar dentro. Y aprendí también que no solo por llamarse maestros podían comportarse como tales, porque aquellas que nos cuidaban en las tardes, “las auxiliares” en medio de cuentos y juegos competitivos también nos mostraban las riquezas de este mundo, por eso conocí a la traviesa perrita Puchita, a Gozín Gozón y al monito pirulero.

La labor educativa se extiende más allá de las cuatro paredes de un aula, una tiza y una pizarra y eso lo aprendí con Adela, mi bibliotecaria, quien me enseñó a querer los libros y no recortarlos, quien además sembró en mí el inmenso amor que siento por el teatro, pues cada año organizaba los Festivales del Cuento, donde cada grupo, con disfraces dignos de la inventiva familiar, lograba una puesta en escena totalmente envidiable.

En otros niveles de enseñanza también tuve suerte. En la secundaria y durante mis estudios preuniversitarios en la beca, en la que sin dudas, se necesita un educador, más que un maestro. Más tarde en la universidad, aún cuando se supone que el proceso de formación ha concluido, excelentes profesores me dieron las herramientas y las razones suficientes para adorar el periodismo. Y aprendí entonces de la mano de José Antonio de la Osa, de Raúl Garcés, de Joel del Río, de Enmanuel Tornés y de muchos otros, que una clase es un espacio para crecernos, más que para escuchar y anotar todo cuanto el maestro dice; un espacio en el que el nombre de la asignatura no puede limitar el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Con todos esos recuerdos tan gratificantes no sé cómo reaccionar cuando veo profesores que desperdician la gran oportunidad que tienen con sus alumnos, no solo por ser jóvenes sino por no haberse dado cuenta. Y entonces no sé qué decir cuando conozco de la graduación apurada de un grupo de muchachos que aún, tal vez, no hayan definido su vocación. Sin embargo, confío en que el día a día les abra los ojos y se percaten de cuánta magia tienen entre sus manos. Tal vez no se llamen Tomasa o Zenaida o Irma pero si logran interiorizar aquella frase de José de la Luz y Caballero: Enseñar puede cualquier, educar solo quien sea un evangelio vivo, entonces estaré convencida de que muchos más, además de una buena formación académica, tendrán placenteros recuerdos como los míos.

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