De fútbol…y de amores

Debo reconocerlo: soy antideportiva. Puedo contar con los dedos de una mano los momentos de mi vida en los que he incorporado a mis rutinas diarias tres o cuatro vueltas a un parque o una sexagenaria sesión de abdominales. Valoro cuán beneficioso y necesario es el ejercicio físico pero en cuestiones de voluntad, he pecado por defecto.

Incluso, ser fánatica de un deporte, al menos teórica o televisivamente, nunca ha estado entre mis prioridades, aunque no dejo de reconocer que “el deporte es cultura también” como me dijeron una vez. Sin embargo, ante eventos de gran magnitud,a pesar de que no me quiten el sueño, no puedo permanecer ajena.

¿Cómo ignorar los gritos de euforia ante un jonrón en plena serie de béisbol, cuando Industriales o Santiago están a merced de la suerte? ¿Cómo escapar de la emoción de los Juegos Olímpicos, a sabiendas de que muchos deportistas cubanos están dando lo mejor de sí? Y ahora, en este tiempo, ¿cómo permanecer ajena al Mundial de Fútbol?

Es cierto que no domino la mayoría de los términos imprescindibles para entender el comportamiento de un partido o que la ignorancia me aplasta si de jugadores trascendentales se trata. Desconozco gran parte de los antecedentes futbolísticos de cada país o las estadísticas que hasta pequeños de seis años  pueden manejar con exactitud. Pero la efervescencia que reina en el ambiente, aún cuando Cuba no ha gozado de la dicha de participar, es indudablemente contagiosa.

Cuando unos alaridos de alegría o unos  golpes en la pared de rabia irrumpen en el silencio de una jornada habitual, ni la más antideportiva como yo, puede mantenerse inmutable. Al menos indago sobre los contricantes o espero a ver la victoria reflejada en sus rostros. O alardeo de que sigo el Mundial solo porque veo, absorta, el andamiaje de una genial inauguración o la asombrosa clausura, como acostumbran a vaticinar.

Y entonces me refugio en la frase citada anteriormente porque el derroche de culturas, de identidades, de idiosincrasias que pueden disfrutarse del país anfitrión o de los miles de fanáticos del deporte que permanecen – no inactivos- en las gradas es más sublime que cualquier otro corretaje detrás de una pelota, como lo definió, tácitamente, mi abuela.

No obstante y eso también debo reconocerlo, este Mundial fue diferente. Más allá de los aplausos a nuestra antigua metrópoli, ganadora del codiciado trofeo o de las expresiones de incredulidad ante las inequívocas predicciones de triunfos del pulpo Paul, esta edición lleva un membrete diferente. Y aclaro, no porque haya cambiado mis aptitudes o haya elevado mi grado científico en esta materia, sino porque semanas antes alguien decidió entrar en mi campo y asestar un goooool, de esos que no se olvidan. He sido buena portera, hasta ahora, pero no puedo negar que  este año,  no pude desligar muy bien el fútbol de los amores.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s