Qué botamos?

Es verdad. A pesar de no vivir en un país donde podamos darnos el lujo de botar cosas indiscriminadamente, a veces, no, millones de veces he tenido tantooos deseos de repletar el tanque de la basura con todo lo que a mi entender sobra en mi casa. Sería muy difícil ahora enumerar todo a lo que me refiero pero créanme, son bastantes.

Lo que pasa es que ahora, releyendo a Galeano, comprendo un poco más a mi mamá, blanco de mis ataques de botarife, como me dice. Pero lo que le digo yo es que tanto tareco engendra polvo, churre, poco espacio y dependencia a algo que al final no nos garantiza ser más felices, o morirnos más tarde, tan solo por estar ahí.

Pero como a todo hay que buscarle la razón de ser, supongo que en algún momento cuando mi mamá encuentre este texto que comparto a continuación, quedaré sin habla ante ella, porque es verdad que en el acto de botar, no solo estamos botando esos objetos, esos muebles, esos papeles, … sino que con ellos se van también los recuerdos, las vivencias de momentos que no volverán, las buenas acciones, los sentimientos de alguien o de nosotros mismos. Y de hecho, por eso mismo, no me deshago tan fácilmente de mis cosas. En primer lugar porque no son tantas y en segundo lugar porque en mi vida, creo que muy pocas de ellas y de las personas que conozco escapan de tener un pedacito de mi corazón.

Aquí está Galeano, uno de los mejores.
(Para mayores de 30)

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y
cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre
agregarle una función o achicarlo un poco..

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los
colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los
doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se
encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A
nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron
muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el
pañuelo de tela del bolsillo.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún
momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo
más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es
que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada
tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la
vida!

¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta
palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más
cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado
de refrigerador tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo
se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para
que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los
talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y
más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en
toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño
por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los
patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular
una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección
electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la
misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo)
Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no.
Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a
todo.

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se
vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para
los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y
el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. .
¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de
los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner
delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una
piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le
sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para
hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo
guardábamos!

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían
para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el
piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las
veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al
trozo de carne!!!

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros
objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas
aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a
nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base
y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos
que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el
estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se
volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se
transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en
depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras
latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una
botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y
los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir
que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el
matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me
muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria
colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a
mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a
lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les
declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los
cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta
alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con
brillo,pegatina en el cabello y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo
contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente
entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros
y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la
reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el
entregado.

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Una respuesta a Qué botamos?

  1. Raizman dijo:

    No sabía que te gustara escribir, sigue haciéndolo, me parece muy bien. No creo haberte dicho, pero a mi también me gusta escribir, de hecho hasta pasé una vez un taller literario en mis tiempos de UH, en la CASA DE LA FEU. Bueno creo que me voy a crear un blog. Sabes si puedo publicar imágenes de mis pinturas?

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