Sé que mi hijo me lo agradecerá…

Por cuestiones de trabajo, he podido visitar mágicos lugares y conocer personas, de esas que te rozan el corazón con una simple mirada. Por eso doy gracias a mi profesión, entre otras razones, por esas posibilidades y por las que vendrán.

Precisamente, el pasado viernes mis lágrimas fueron  sobre todo de agradecimiento, de alivio y de entrega.  Supe que mi(s) tan ansiado hijo(a) podrá venir al mundo, mientras yo esté en esta tierra, con el sano brillo en sus ojos de que nada, por muy duro y triste que sea, podrá impedir su felicidad.No se trata de mis dotes de super madre, a las que ya en algún momento me referí. Ni siquiera a la “garantía” de un todo económico-material que hoy, reconozco, no puedo vislumbrar. Más que eso.

Cuando tuve frente a mí a pequeños de 8, 10 y 13 años de la Escuela de Música Alejandro García Caturla en la capital cubana, derrochando magistralidad desde sus pianos, claves, baterías, tambores y micrófonos me sentí henchida de alegría y admiración. Cantaban y bailaban todos los ritmos cubanos, cual serpentinas que el viento no puede controlar. Disfruté y vi en cada uno de ellos a esa criatura a la que daré a luz, convencida de que será un buen músico, pintor o escultor. Acaso los padres no intentan que sus hijos sean y tengan lo que ellos no pudieron? Pianista en abandono, cantante imposibilitada y artista de la plástica imposible, pondré en él(ella) todas mis esperanzas, aunque no obligadas, de realización.

Horas después cuando mi recorrido continuó y los niños fueron otros mi corazón dio un vuelco. En la escuela especial Abel Santamaría, coreé e hice ruedas con niños ciegos y débiles visuales  mientras que  en la Dora Alonso, conversé y escuché declamar a niños y adolescentes autistas. Compartimos un rato juntos y fui partícipe de la vitalidad y capacidad con la que se divierten y hacen reír a los demás.

Lloré. Lloré porque mi corazón no pudo resistirse a la tierna imagen de unos niños felices, por encima de cualquier discapacidad. Incluso en aquellos en los que sus relaciones sociales de comunicación llegan a ser en extremo complejas o nulas, su sonrisa ante nuestros aplausos o sus inquietas preguntas denotan su satisfacción.

Me convencí entonces de dos cosas:

1. Ante todo quiero un hijo(a) saludable, aunque mis frustraciones artísticas queden al campo.

2. Decisión irrevocable: 100 % segura de que nacerá en esta Isla, porque sé que tendrá un espacio educacional y social garantizado en el que podrá bailar, cantar, recitar, convivir sin que su madre, desde ahora, se hale los pelos para hallar una solución monetaria que se lo permita.

3.Mi bebé, lo sé, agradece mi decisión desde ya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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