Por Cienfuegos….qué caray!

Cienfuegos, tierra de leyendas, amanece cada día con la complacencia de llevar epítetos tan simbólicos como el que se lee a la entrada, en la valla gigante que da la bienvenida: la linda ciudad del mar o como el que tanto se repite en los medios de comunicación y en la literatura de referencia: la Perla del Sur.

Lo cierto es que para quien apenas comienza a descubrir, palmo a palmo, a esta Isla, Cienfuegos hasta ahora encabeza la lista de las ciudades visitadas más esplendorosas. De las visitadas, repito, porque la capital sigue siendo la primera, a pesar de la bruma que la envuelve y la insensatez de quienes la habitan. Se lleva el premio, como quien dice, tal vez por ser el lugar donde nací y he crecido porque en realidad el valor sentimental es lo más importante cuando de valorar algo o alguien se trata. De haber nacido en Moa, Mantua o en la propia Cienfuegos, el número uno sería otro seguramente.

Y de vuelta en Cienfuegos…

Al igual que otras provincias del país, Cienfuegos tiene su boulevard, pulcro y animado todo el tiempo; tiene a un Benny Moré estático en uno de sus parques; un teatro magnánimo y una bondad que se desborda en toda su gente.

Sin embargo,

Cómo ignorar su malecón, ataviado con palmas y un agua limpísima a sus pies? Inmerso en la propia urbe, se lleva el lauro del mejor lugar citadino para disfrutar del atardecer, de un susurro al oído o de una foto de revista.

Es la puerta de entrada a ese pedazo de ciudad que comienza ahí, cuando el paseo del Prado termina, y se abre paso una calle, similar a nuestra 5Ta. avenida, cuyos márgenes exhiben casas de arquitectura moderna, a lo “minimal”, que no se han disfrazado del todo con los nuevos modos de decorar a los que la gente ha acudido. Y la puerta de salida, es precisamente el Hotel Jagua y la India Guanaroca a su lado, la misma que según cuenta la leyenda, sufrió tanto por la pérdida de su hijo prematuramente fallecido y ocultado por su padre en un gran güiro, que no cesó de llorar hasta crear con sus lágrimas la laguna de su nombre.

Y hablando de valores sentimentales, de lágrimas, del poder de seducción de una ciudad y de la autenticidad de un momento en ella, debo reconocer que a cada paso que en Cienfuegos daba, mi imaginación bordaba instantes soñados, ya impensables.

Y allá quedaron, en la más linda de las ciudades visitadas, porque en algún lugar debían quedar.

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