Por un ronroneo feliz….

Ronronear, eso hacen los gatos….y saltar por los balcones, andar de jardín en jardín, “saquear” algunos manjares a hurtadillas, lamerse, cortejarse y vivir una vida gatuna, limpia, libre, a plenitud. Pero nada de eso hubieran podido hacer A, E, I, O, U y Z, los seis mininos que alguien abandonó en la calle cuando apenas habían abierto los ojos y medían menos de una cuarta de la mano.

En medio de la oscuridad sus maullidos suplicaron mi atención y cuando los fui descubriendo, uno a uno, debajo de aquel árbol inhóspito, mi corazón se estrujó. Reconozco que no me gustan mucho los gatos. Son demasiado independientes y callejeros y su fama de traicioneros es universal. Prefiero los perros, bien peludos y dóciles, que siempre estén a mi lado para saltar de alegría cuando llegue a la casa o para dejarme altas dosis de baba en mis manos y pies.

Pero reconozco también que no pude dejarlos ahí, así. Y lamenté que todavía existieran personas duras de alma y egoístas de espacio, que no dudaron en dejarlos. Vaya, que por ahí se empieza…y después nadie entiende que el mundo esté como está.

Comprendo la mala economía, la carencia de recursos y el poco tiempo para dedicarle a tantas criaturas, pero ese es el precio que debe pagarse cuando una mascota convive con nosotros. Ellos no tuvieron culpa, ni siquiera de haber nacido, y mientras yo me regodeaba con esos pensamientos, típicos de un guión para una película dramática, una radionovela o un corto infantil, los fui metiendo en una caja y me los llevé.

También soy víctima de la misma crisis, ni más ni menos, pero por un poco de leche que destinara a ellos no iba a ser la persona más pobre del planeta. Esa etiqueta la llevan otros, por los que lamentablemente no puedo hacer nada. ¿Tiempo? Lo busco y lo encuentro, como cuando se busca y se encuentra para cosas que interesan. Y la paciencia surgió, de esos ojitos azules que me miraban y de su falta de afecto.

No importa que me tilden de loca o de ambientalista fuera de lugar. A, E, I, O, U y Z llegaron a este mundo, como millones de criaturas que también llegan, pero con la suerte en sus estrellas de que yo los encontrara.

Sus pulguitas desaparecieron, pacientemente toman leche de una jeringuilla que pongo en sus boquitas, y poco a poco aprenden a comer por sí solos los pedacitos de “algo” que les doy. A lo mejor les molesta estar dentro de una caja, que por muy grande que sea, les limita sus movimientos y cuando ya estén fuertecitos y listos para recorrer mundo como cualquiera de su especie, no guardarán en su memoria felina ni un mínimo recuerdo, ni tan siquiera olfativo, de su salvadora.

Pero yo fui feliz por un instante y lo sigo siendo, mientras suspiro, aliviada. Intento descubrir si los dos negritos-E y U-, con cara de murciélago ya dejan que los amarillos, más pequeños-I y A-,  se valgan por sí solos. Y separo a la gata de tres colores-Z- del amarillo más grande-O- para que sus travesuras no sean compartidas…

Y espero que tanto derroche de sentimentalismo no apague la lectura de este post, al contrario, que remueva los cimientos de la bondad de quien lo lea y deje claro que esos seis rescatados ya podrán emitir ronquidos de satisfacción, o sea, ronronear, cada vez que quieran.

 

 

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s