Comercio de la fe…?

La Patrona de Cuba…La Caridad del Cobre…Oshún… Se levanta su templo en El Cobre, en Santiago de Cuba.

Miles de personas lo visitan diariamente, en horario de misa o en horario libre, para pedirle a cambio de promesas, para colocarle ofrendas en su altar o solo por curiosidad, como yo.

A sus espaldas, una gran mina de cobre que le da nombre al lugar y un poco más lejos, el monumento al cimarrón, en la punta de una loma.

¿Y a sus alrededores? Vendedores ambulantes. Desde el inicio del camino que conduce al templo hasta sus mismas puertas, la avalancha de gente que ofrece velas amarillas de todos tamaños y ramos de girasoles es inmensa. Imagino que parezcan hormigas, de tan rápido que se mueven, de un lado a otro, si la vista fuera desde lo alto.

Más adelante, entre las casitas que contornean el camino, son muchas las mesas de artesanía con virgencitas de todos los tamaños y estilos, para que el visitante escoja, y no se vaya sin La Patrona para su casa.

Al subir las escaleras y rodear la pequeña iglesia, es casi imposible escapar de las manos que te regalan piedrecitas de cobre para la buena suerte, en espera de “lo que quieras o puedas darme” o de quienes, en su re-vendedera te ofrecen las mismas virgencitas que viste en aquellas mesas del camino pero con otros precios.

Y es tanta la fe y la necesidad de confiar, que todos los que a El Cobre llegan se van con una virgencita de madera o con un rosario de colores o con piedrecitas envueltas en nylon.

10, 20, 30 pesos es el primer rango de compra y el que sigue, en ascenso, pretende corresponderse con raciones más grandes de salud y prosperidad.

No pude dejar de pensar…y escribir.

El ser humano es débil de naturaleza. Necesita asirse de algo, aferrarse a una idea, abrazar una imagen, dirigir sus plegarias a quien sea, con tal de hallarle explicación a cuanta cosa ocurre y encontrar el camino correcto para llevar a cabo sus sueños.

Un solo dios, con diferentes nombres en las diferentes culturas o varios con responsabilidades distintas…da igual. El ser humano siempre acudirá a ellos.

Y no por atea, escribo. No profeso religión alguna ni me siento profundamente ligada o identificada con alguna deidad o sacramento. Conocer, conozco y respetar, respeto.

Pero por ese mismo respeto, no sé hacia dónde mirar cuando advierto la transformación pura de la fe en venta desmedida o cuando, como ser humana al fin,  me convierto en un eslabón más de esa cadena comercial al llevar siempre conmigo-y regalarle a quien quiero-, desde ese día,  una piedrecita de cobre. Supongo que para “por si acaso”, ¿no?

 

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