Hacerse de otros mundos…

Yo sí vi ballenas blancas y desenterré tesoros, sí correteé porla Lunay escuché las sirenas y, lo mejor de todo es que lo sigo haciendo. El escritor español Benjamín Prado no puede incluirme en el bando de los hombres vacíos, como él los llama, gente que nunca ha abierto un libro y que por eso viven en un mundo triste, oscuro y estrecho.

He leído su pensamiento y al momento mis ideas revolotearon y mis recuerdos de aquella infancia, no tan lejana aún, se abren paso ante mí, con colores y formas caprichosas en las que los libros emergen una y otra vez. Y lo otro también, la mirada lastimosa que se esboza en mi rostro, inconscientemente, porque me cuesta creer que en el “paquete genético” de muchos de los niños y jóvenes de esta época, la lectura sea una de sus últimas opciones.

Claro, tengo mis razones.

Yo fui una niña privilegiada que entró al mundo escolar un año antes que el resto de los niños y que tuvo una profesora de cuento de hadas. Tomasa me enseñó a leer rápidamente-gracias a lo cual tengo buena ortografía-, aunque a pesar de sus esfuerzos, no logró que yo no leyera en voz alta…incapacidad que perdura en mí hasta hoy.

También tuve la buena suerte de que mi papá creciera entre tratados de medicina, enciclopedias de distintas editoriales, novelas, poemarios, obras teatrales, y todo cuanto mi abuelo devoraba y guardaba celosamente en su casa. Él aprendió a cuidar los libros, a no recortarlos, a forrarlos y a no doblar las puntas de sus páginas porque en cada uno descubrió infinitas puertas al conocimiento, a la imaginación, al disfrute pleno. Él me lo inyectó, me inoculó ese amor por estos simples objetos que en muchas casas solo están destinados a coger polvo.

Y como carezco de la capacidad de leer con la vista y en silencio como nos pedían en clases o en bibliotecas me convertí en una “lectora de tabaquería” frente al ventilador, para que mi voz vibrara como cuando se usa un micrófono. Así devoré no solo Oros Viejos, Había una vez,La Edadde Oro, El Panda Gigante, Mochito y otros, sino que en la búsqueda incesante de más y más para leer, encontré El Avaro, de Moliere y otras obras de teatro que me permitían hacer una lectura dramatizada de verdad.

No me detendré en mencionar todo cuanto haya leído hasta hoy, que cada noche manoseo hasta concluirlo Desde los blancos manicomios, de Margarita Mateo. No lo haré, sobre todo ahora que se suman a los libros de ficción muchas revistas, ensayos, artículos, páginas web y todo cuanto necesite y me seduzca leer.  Levanto la mano airosa para incluirme en la lista de quienes se preocupan por buscar un espacio en la casa para un nuevo librero que desde ya sé que estará repleto y en lo que busco un lugar para otro, leo y leo, me hago de otros mundos y pretendo regalárselos también a mis hijos.

¿De qué otra manera vivirían mejor?

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