Inocencia herida

“Ya no quiero ser emo, aunque me guste. Duele mucho”, fue lo primero que me dijo esa personita de nueve años que alegra mi casa cada quince días, mientras me mostraba las heridas de sus manos. Y acto seguido, ante mi asombro, comenzó a explicarme todos los requisitos “dolorosos” que debería cumplir para ser miembro del grupo.

Así supe que en su escuela todos los interesados en autodefinirse como emos, escriben su nombre en un papel y si no han tenido ninguna fractura o herida con anterioridad, realizan actos de iniciación como el que ella recientemente protagonizó.

“No es solo cortarse, para ser emo también es necesario peinarnos hacia el lado, usar tenis Converse o Vans, ir a la calle G, llevar piercings y tener cara triste siempre”, añadió, justo cuando ya mi rostro no podía reflejar más incredulidad ante sus interpretaciones, ajenas incluso al origen musical del término.

En los próximos días en los que disfruté de su estancia, vi cuán inquieta se ponía cuando un joven ataviado de manera «diferente» caminaba cerca de nosotras. Sé que no es emo, ¿será miki, friki o repa?, me preguntaba. Su afán por saber a qué movimiento o grupo social podía pertenecer este o aquel, en dependencia del color de la ropa o del peinado que llevara, era desmedido.

Ella necesitaba saber, al parecer con urgencia, si usar piezas con brillo era requisito indispensable para ser miki como lo es la vestimenta negra para los rockeros y si escuchar reguetón, trova o salsa podía influir en lo que realmente somos y queremos hacer.

Me pregunté: ¿acaso la necesidad de hallar nuestra identidad en la medida en que nos identifiquemos con una forma de vestir, de hablar, de comportarnos socialmente, ahora trasciende las fronteras de la edad y de lo “normalmente establecido”? ¿Acaso lo que habitualmente agobia a los adolescentes en su etapa de descubrimiento ahora preocupa a los más pequeños? Lo preocupante, pienso yo, no es que alguien descubra su identidad mientras asume “lo que está de moda”. Aunque al nacer ya tenemos esbozadas algunas características de nuestra personalidad, es lógico que en un momento de nuestras vidas queramos conocer todo cuanto podamos para definir lo que nos gusta. De esta manera sabremos qué tipo de literatura y de música nos agrada; qué preferimos hacer en los ratos de ocio; cómo nos vestimos y peinamos; cuántos aretes usaremos, y más allá de los patrones estéticos, estar conscientes de qué queremos hacer de nuestro presente y futuro.

Pero todo eso y más resulta entendible durante la adolescencia y ¿por qué no? parte de la juventud. Cuando solo se tienen nueve años, ¿no deberían ser otras las inquietudes?

Más allá de cortadas, brillos o estados de ánimo, temo que la inocencia de la infancia se pierda tras cuestiones que no le tocan.

A la familia y a la escuela, en primera instancia les corresponden entonces las dosis más elevadas de atención y ocupación de los menores en la medida en que pueden hacer interpretaciones erróneas de la realidad que los circunda. Conversar y propiciarles un clima de confianza y seguridad desde edades tempranas es un buen comienzo, no solo porque siendo adolescentes, los mantendrán al tanto de todo cuanto hagan o con quién se reúnen sino también para que ellos mismos disfruten de cada etapa de sus vidas con lo que cada una lleva. Para no exclamar después, a modo de justificación:¡Cuántas cosas se nos pueden ir de las manos cuando herimos la inocencia!

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Una respuesta a Inocencia herida

  1. Maite dijo:

    que bueno esta este post

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