Manolito…

Siempre habrán Quijotes citadinos o descendientes, por hábito, del Caballero de París. En todas las ciudades, en todos los barrios. Manolito, el loco, como le dicen, es el más cercano a mí y yo me vuelvo condescendiente cuando lo veo porque la bondad le brota por sus ojos azules y su sonrisa, un poco desdentada, regala felicidad.

Desde más pequeña lo he visto deambular casi siempre por la céntrica esquina de 23 y 12 y sus alrededores. Ahora está más delgado que antes y grandes espejuelos se adueñan de su rostro. Pero sigue siendo el mismo…

Con un radio imaginario sobre sus hombros canta a voz en cuello y cambia con el dial de su mano de emisora en emisora; baila con energía cada tema que se escucha en El Rápido de 14, solo para que lo miren y se diviertan con él. No persigue limosnas, ni en efectivo ni en especie.

Se puede hablar con él pero absorto en su mundo solo sonríe y pocas veces contesta. Anda solo, siempre solo, a diferencia del señor canoso y semi-obeso que recoge latas en los basureros para la materia prima, acompañado por tres grandes perros a los que espulga en cualquier esquina, plácidamente.

No sé a qué se debe la locura inofensiva de Manolito, ni quién es su familia, ni dónde vive, pero cada vez que lo veo me hace pensar en las insignificantes dosis de felicidad que cada uno puede tener, desinteresadamente. Incluso, cuando otros, al mirarlo, no lo entiendan. Y me pregunto: es él quien está loco?

 

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