Aquel…mi pequeño mundo azul!

El sol nublándome la mirada a través del parabrisas del carro, un calor sofocante mucho antes del mediodía, una emisora radial que intentaba animar y anotaciones en mi agenda para orientar mi trabajo…y de pronto las vi. Las imponentes tetas de Managua, como se le conoce popularmente a esos promontorios que se divisan a lo lejos cuando uno transita por la avenida..

Las vi y de repente, un flash-back, como los que salen en las películas. Me vi diez años atrás, sentada en una calurosa “aspirina”, como llamábamos a aquellas guaguitas de 30 asientos, por aquella misma avenida. Entonces vestía de azul, como todos, con medias blancas y zapatos negros, llevaba un maletín con pertenencias necesarias y un montón de preguntas en mi cabeza. Y cuando divisé las tetas de Managua, en aquel entonces, supe que ya estaba llegando, que me estaba acercando a mis respuestas.

Entramos, busqué a quien me esperaba y expliqué las razones de mi visita nuevamente, relacionadas con una entrevista que debía realizar. Estaba ahí como profesional, como periodista, como persona trabajadora, aunque fue inevitable sentir, de nuevo, que la rueda del tiempo corría hacia atrás en cada cosa que miraba y volvía  a ser la adolescente, la estudiante.

En cuestión de segundos, no fue solo el busto de Lenin, el cartel con el nombre de la escuela, el Vega-no en el trampolín de la piscina, como aquella vez, sino ahí, en su pedestal-, el Gallo de Mariano, el Museo, la Biblioteca y todo lo que confluye en ese primer espacio.

Fue, de repente, ver que me pasaba por delante uno de mis profesores de inglés, el señor que nos organizaba para ir al campo, una profesora de español que aunque no me dio clases yo conocía de todos modos y hasta el Picolino, aquel viejito que junto a su mujer Picolina- dignos aspirantes a filmar una comedia o una película de terror si lo hubieran querido- recorría la escuela, ambos llenos de bondad y trabajando sin parar, sin importarles los chistes que de ellos hacían.

Fue recorrer sus pasillos, subir las escaleras, entrar a las aulas y laboratorios, ver de lejos mi albergue, donde tantas noches soñé y sentir a la vez que mi pecho se achicaba o que mi corazón crecía, que me estrujaba por dentro, porque la nostalgia, ¡ay, madre mía!, la nostalgia, es muy grande.

Cierto que la Física me traumatizó en el primer año y me hizo dudar de mi presencia allí, pero pasó, por suerte, pasó y todo vino después.

Mi grupo, mis amigos, mis profesores, mis nuevas “comodidades”, mis nuevos rituales de hambre, mis primeros serios noviazgos, la algarabía a toda hora, los reportes por un arete de más o una llegada tarde o la cama mal tendida…las guardias de fin de semana, las escapadas a Expocuba, los “camuflajes” en PMI, las madrugadas en la Plaza o en la Tribuna, los festivales, los estudios hasta tarde, las “sobrevivientes” tostadas la última noche, la falta de agua…los gritos de ¡Orilla! en los pasillos, las rápidas decisiones, las calderas rotas, la escasez de petróleo, los chismes, los juegos de quiquimbol, en fin, todo aquello que ahora no me cabe en este post y que tampoco me cupo en aquel texto que entregué en el concurso Alejo Carpentier que convocó el periódico Juventud Rebelde años atrás, con el visto bueno de Guillermo Cabrera Álvarez.

Lo titulé Los tres mejores años de mi vida y hoy, al cabo del tiempo, lo siguen siendo, aunque me haya dado cuenta de eso no mientras los vivía, sino después, cuando me fui de allí, de la Lenin, cuando me alejé, físicamente, de aquel…mi pequeño mundo azul.

 

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2 respuestas a Aquel…mi pequeño mundo azul!

  1. Yanet dijo:

    Yo jamas imagine que la iba a pasar tan bien , pero mucho menos imagine que la iba a extrañar tanto. Lo que mas lamento es no haber disfrutado de mi primer dia del egresado, soñaba con ese dia antes de ingresar.Nunca pense eliminarian esta tradicion. Los tres años que alli pase dejaron una marca especial en mi vida y la recuerdo con mucho mucho cariño.

  2. El Kpi dijo:

    Ciertamente fueron esos años especiales…. tan especiales que siento que los viví 3 veces: la primera, cuando supe que entraba a La Lenin y comencé a imaginarme todo lo que viviría en aquél lugar… la segunda, bueno, lo realmente vivido…. y la tercera vez comenzó al dejar la beca para siempre, pues periódicamente pienso qué habría sucedido si hubiese hecho “esto” en vez de “lo otro”… en aquella experiencia quedaron nuestras raíces más fuertes 🙂

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