Oda a la plancha…

Me enseñaron a planchar una vez. La pieza escogida fue una camisa. Recuerdo el orden en el que el objeto caluroso debía alisarla. Primero el cuello y la manera, por dentro y por fuera. Luego las mangas, correctamente dispuestas, posteriormente la espalda y el resto después. Un pantalón es más complicado, sobre todo si lleva filos y una blusa o un vestido exige cuidados en dependencia del tipo de tela, modelo y adornos.

La clase magistral fue con mi uniforme de primaria. Lo recuerdo. La blusa, tal como se hacía con la camisa y aquella complicada saya roja-el diseño más difícil entre todos los atuendos obligatorios a pesar de las tempranas edades- llegaba a desesperarme. Luego se sucedió otra clase, paciencia mediante, cuando en la secundaria todo debía ser más fácil, poco menos que en el pre. No obstante el empeño, no fui buena alumna, porque generalmente no suelo serlo con aquello que no me gusta y a lo que, aunque lo tenga, no pueda encontrarle lógica.

Acudí a la teoría del dócil perchero que sostiene la ropa excesivamente mojada para que al secarse esta, la ausencia de plancha sea disimulada. Y de hecho, lamenté que esa “alternativa” no se hubiera puesto en práctica años atrás, cuando mi abuela, mi bisabuela y otras generaciones anteriores, perdían libras de peso y litros de sudor con aquellas planchas de carbón y los aplastantes bultos de ropa a su lado.

Los extremos son terribles, lo sé. Pero cuán valioso puede haber sido que ellas plancharan las sábanas en las que luego se estrujarían los deseos con sus esposos? Incluso los calzoncillos de ellos, quedaban más cómodos luego de ser planchados? Acaso las narices sopladas con pañuelos recién alisados a altas temperaturas eran más saludables? Y la ropa de trabajo, esa que se usaba para ir al surco o treparse en un tractor…? Y los paños de cocina, la ropa de dormir y las fundas de los cojines? En vano, siempre en vano. La dichosa idea de que todo es más bonito cuando más estirado esté cuando en realidad hay otras cosas que, lamentablemente, no pueden estirarse.

Si planchando los besos y los abrazos, estos durarán más…Si alisando con extrema delicadeza las ansias de romancear bajo la lluvia o de dormir acurrucados hasta el amanecer, nunca se perdieran…Si rociando gotas de agua para que el vapor afiance el “contigo, en las buenas y en las malas”, este no se evaporara…tal vez, sin dudarlo, fuera una fiel defensora de la plancha. Pero-y siempre hay un pero-una simple plancha no puede hacer mucho. En realidad, al poco tiempo de haber cumplido su encomienda, las arrugas se hacen solas en la rutina del andar, del sentarse, del vivir.

Sé que al limpiar tampoco se van los rencores que dejan las discusiones inútiles y que lavar no hace que desaparezca el tedio y el desgano…Fregar no garantiza que se vayan por el tragante los insultos de un día o las noches de interminable distancia y por supuesto, cocinar tampoco asegura que se mezclen las ilusiones con las caricias ni que se “condimente” lo que ya es insípido…y aún así se sigue-sigo-haciéndolo.

Será que estar de pie frente a una tabla o a una mesa con una plancha sigue sin gustarme… será que si hay amor, me da igual si salí(mos) de un pomito de penicilina… será que ni una oda en su honor se me puede ocurrir…

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3 respuestas a Oda a la plancha…

  1. Humberto dijo:

    Ana me gustó tu Oda a la Plancha, sobre todo porque nunca te he visto con un artefacto de esos en la mano.

  2. Siempre que puedo leo tu blog, siempre frescos y con mucha originalidad. Sigue así, me encantan estos artículos.

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