Alivio por Sallarés…

Cuando faltan pocas horas para despedir este año y la mezcla de emociones es muy fuerte, porque de pronto confluyen alegrías, nostalgias, añoranzas, sonrisas…yo supe que el viejo Sallarés murió. La noticia me sorprendió pero al mismo tiempo me asustó de mí misma, de mi reacción: Sentí alivio por él.

Las pocas veces que coincidimos en casa de mi abuela, cuando visitaba a mi tío, me complacía hablar con él y sobre todo saber que en esa casa se sentía bien. La suya se había convertido en un infierno, aunque le faltaran las llamas.

Sallarés vivía con su hijo, (con uno de ellos, porque el otro vive en Miami después de haber vivido en Brasil) y también vivía con las mujeres de este, (una distinta cada cierto tiempo), y con el alcohol que este consumía a cualquier hora del día y con sus gritos, sus escándalos, sus ataques de romper cosas, su derroche de dinero (cuando lo tenía)…

Sallarés no era feliz…no podía serlo cuando solo encontraba tranquilidad en el caminito a la panadería o a la bodega o a la carnicería…o en casa de mi abuela, hablando con mi tío. Mientras estaba en esos lugares, fuera de su casa, no sabía si su hijo estaba o si había llegado ya, qué adorno había roto o qué palabrotas habría gritado por la ventana. Lejos de su infierno, o sea, su casa, tal parecía que Sallarés estaba más tranquilo pero tampoco quería alejarse mucho, irse para un asilo o permutar.

Ese es mi hijo, decía, y si yo estoy cerca puedo saber de él, porque del otro solo sé cuando cumplo años, el Día de los Padres y el 31 de diciembre. Tres veces al año no me bastan para ser feliz, aunque tampoco lo sea como vivo.

Y ahora no sé si podrá serlo en ese otro lugar al que uno va cuando se muere. Ayer su hijo, el conviviente, lo convidó a ver a la nieta (porque después de todo este tenía una hija, a la que casi nunca veía) y al regresar, después de que Sallarés le regalara a ella el crucifijo que llevaba siempre en el cuello (cual presentimiento incierto) tuvieron un accidente en la vía.

Sallarés murió en el acto y su hijo todavía niega que estuviera tomado, a pesar de que el alcoholímetro no falla. Supongo que lamente cada minuto de los días que le quedan por vivir todo el tiempo que perdió de compartir con su padre. Cuando llame mañana su hijo, el otro, sabrá que ya no podrá saber más de su padre ni él de él. Y yo, como por arte de magia, no me quedo solamente con este sabor amargo que deja el conocer de la muerte de alguien que no tuvo mucho tiempo para ser feliz pues, afortunadamente, Sallarés me regaló un día Barbara Cartland: le roi sans coeur y Au pays des merveilles, dos novelitas a lo Corín Tellado pero en francés…”Vaya, para que practiques el idioma que sé estás estudiando”, me dijo.

Me quedo con sus libros, con un pedacito de Sallarés y con el alivio, aunque no sé explicar muy bien a qué se debe.

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